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Arantxa Sanchez Vicario

Un 21 de julio del año 1985, Arantxa Sanchez Vicario se veía las caras con Conchita Martínez en la final del Campeonato de España Infantil disputado en Alicante. Esta final, sin duda, fue el preludio de uno de los enfrentamientos que hizo época en el tenis español. Pero no sólo hubo enfrentamiento entre estas dos grandes tenistas. También hubo hermanamiento ya que estas dos jugadoras formaron una de las parejas de dobles más sólidas que ha dado el circuito profesional de tenis femenino. Las apuestas tenis siempre están a favor de las españolas cuando disputaban una competición en el formato de dobles. La calidad la ponía Conchita; el valor, coraje y lucha, Arantxa.

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El idilio de Arantxa con el tenis empezó desde bien pequeñita. A los cuatro años ya tomaba clases de tenis, mientras que sus hermanos mayores daban ya clases de perfeccionamiento. Transcurridos cuatro meses desde la final de Alicante contra Conchita, se convertía en la jugadora española más joven en proclamarse campeona de la categoría absoluta femenina. La carrera de Arantxa ya comenzaba a despuntar y esto nada más que era el inicio de una espectacular singladura por las mejores pistas del mundo. Si hay algo que en esa época no tenía ninguna jugadora del mundo, excepto Arantxa, era, en primer lugar una mentalidad ganadora a prueba de bombas y luego, una capacidad de sacrificio excepcional.

Su tenis le aupó al número uno del mundo el 6 de febrero de 1995. Pero si por algo destaca su tenis no es por su brillantez, ni por su calidad, más bien al contrario. Arantxa nunca tuvo un saque demoledor. Nunca tuvo una volea determinante, ni destacaba por su velocidad endiablada. Lo que sí que tuvo fue un juego de fondo de pista mucho más que sólido y sobre todo una mentalidad y una concentración que no se han vuelto a ver ya en el circuito en ninguna jugadora. Destacó en tenacidad, saber hacer y variedad de recursos. Desde bien pequeño se metió entre ceja y ceja que tenía que llegar a lo más alto, y a fe que lo consiguió. Sabía que la clase y la calidad eran innatas y ella no era una dechada de virtudes, pero lo compensó con una mentalidad más que privilegiada.

Enfrentarse a ella era como jugar contra un frontón que te devolvía todas las bolas y que no perdía la concentración en ningún momento del partido. Eso desquició a muchísimas rivales de entidad que no sabían cómo encontrar el punto débil de esta barcelonesa. Las apuestas de tenis la consideraron, en muchas ocasiones, favorita. Pero sobre todo esto se cumplía casi siempre con exactitud cuando llegaba la temporada de tierra. Su tenis lento, de bolas colocadas y de desgaste le iba como anillo al dedo a las pistas de polvo de ladrillo. En Roland Garros se sentía como en casa y los parisinos, desde entonces, la adoran. De hecho, otra de sus pasiones además del tenis, fueron y son los perros. Después de ganar el Roland Garros de 1989 le regalaron un perro. A Arantxa se le ocurrió llamarle Roland, en honor al torneo que más quiere y que más triunfos pudo contemplar.